Simon
Cuatro botones de colores, una secuencia que crece un color por turno, un error y se vuelve a empezar. Simon es de 1978 y desde entonces casi todo el mundo se para en torno a siete colores — justo lo que aguanta la memoria de trabajo.
Cómo funciona
Cuatro botones de colores. El juego enciende uno, tú lo repites. Luego enciende dos, los repites en orden. Luego tres, y así: la secuencia crece un color cada turno y siempre empieza desde el principio. Un error cierra la partida, y tu puntuación es la longitud alcanzada.
Pocket Games tiene tres velocidades, que cambian cuánto tiempo queda encendido cada botón y cuánto silencio hay entre ellos: Fácil es cómodo, Medio va al ritmo del Simon original, Difícil es cerca del doble de rápido que el fácil y va más allá de lo que el ojo puede seguir conscientemente. Cada velocidad tiene su récord.
Por qué la gente se para en siete
No es casualidad, y es lo más interesante de este juego: la memoria de trabajo humana retiene unos siete elementos, más o menos dos. Hasta seis o siete colores de verdad los recuerdas uno a uno. Más allá, el método que te ha traído hasta ahí deja de funcionar — y exprimirlo más no sirve.
Para pasar de ahí hay que cambiar de tipo de memoria.
Las técnicas que funcionan
Agrupa en bloques. En vez de siete elementos sueltos, recuerda dos grupos de tres y uno de uno. Es el mismo motivo por el que un número de teléfono se recuerda por grupos y no cifra a cifra: la capacidad es de siete unidades, y un grupo de tres cuenta como una.
Usa el ritmo, no los colores. Con la práctica la secuencia deja de ser una lista de colores y se convierte en una cadencia, con sus acentos y sus pausas. La memoria del ritmo tiene más sitio que la visual y sobre todo aguanta la velocidad: en difícil no hay otra manera de seguir el paso.
Repite a la misma velocidad a la que lo has visto. Ir más lento parece prudente y en realidad rompe el ritmo, que es lo único que estás recordando de verdad. Quien repite a trompicones falla más que quien repite del tirón.
No mires los botones mientras respondes. Suena absurdo y es el consejo que más funciona: tras unos turnos, los dedos saben adónde ir. Mirar los colores mientras pulsas te hace comprobar conscientemente, que es lento, y te hace perder el hilo.
La parte más frágil es el principio. En los turnos altos se falla casi siempre en los tres primeros colores, no en los últimos: los nuevos están frescos, los primeros llevas veinte turnos recuperándolos. Vale la pena repasar mentalmente la apertura mientras el juego muestra la secuencia.
Preguntas frecuentes
¿Hasta dónde se puede llegar?
Diez colores es un buen resultado. A partir de quince ya no recuerdas colores uno a uno, recuerdas la cadencia. En el Simon físico los récords pasan de treinta.
¿La secuencia es siempre la misma?
No, se genera nueva en cada partida. No se puede aprender de una partida a otra: se aprende el método, no la secuencia.
¿La velocidad difícil es jugable?
Sí, pero solo de oído: los botones parpadean demasiado rápido para que dé tiempo a nombrar los colores. Es la dificultad que premia a quien ha aprendido a memorizar el ritmo.
¿Hay sonido como en el Simon original?
No, esta versión es muda: el ritmo lo dan los parpadeos y, en el móvil, una vibración breve en cada toque. El «ritmo» del que hablamos es por tanto visual, pero funciona igual — lo memorizable es la cadencia, no la nota.
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